Desde que tomó una guitarra por primera vez a los 10 años en el coro de una iglesia, Karla Veytia supo que la música iba a marcar su vida. Sin embargo, no imaginó que años más tarde estaría defendiendo una tesis sobre teatro instrumental, ni mucho menos que una pieza para maracas y cinta pregrabada definiría su sello artístico.
El trayecto que recorrió para llegar hasta ese punto es la historia de una convicción forjada entre escenarios locales, bares, estudios y aulas formales. Es también la historia del compromiso que exige ser músico en un país donde este camino aún requiere valentía.
“Me enamoré de la percusión en la Banda Sinfónica de la UAS. Pero cuando empecé a trabajar en eventos y bares, supe que quería saber más. Ahí nació mi necesidad de buscar una formación académica”, cuenta Karla.
El paso por el “underground” no fue casualidad ni improvisación, fue parte de ese ritual de legitimación que muchos músicos atraviesan antes de tomar la decisión crucial de ingresar a una institución formal. En su caso, el Centro Municipal de Artes de Mazatlán (CMA) del Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán.
Formación con enfoque en metas y proyectos
Karla Veytia ingresó en 2021 a la Licenciatura en Música con una idea clara: crecer. “La escuela me ayudó a trabajar con metas y proyectos. El ensamble de percusiones del CMA, por ejemplo, fue clave para mantenerme enfocada”, afirma.
Estudiar música formalmente no fue para Karla una comodidad, sino una urgencia. La necesidad de comprender teoría, historia, solfeo, y tener acceso a docentes y metodologías que nutren el espíritu creativo.
Como ella misma lo expresa: “Muchos compañeros inician en la iglesia, en grupos locales, o con maestros particulares. Pero llega un momento en que necesitas otra estructura. El conocimiento también es libertad”, expresa.
La vida académica le ofreció más que conocimientos, le dio disciplina, estructura y oportunidades de explorar otras dimensiones artísticas. Uno de los momentos que transformaron su perspectiva fue cuando descubrió el teatro instrumental durante la presentación del Dr. Iván Manzanilla, en el Museo de la Música del CMA.
“Me hizo verme como artista solista, algo que nunca me había planteado. Siempre había trabajado en colectivo, en bandas, en grupos. Pero ahí encontré un espacio para expresar todas mis facetas”, recuerda.
Esa revelación se convirtió en su tesis: “Percusión Performática”, una propuesta que fusiona música, danza, teatro y artes visuales, en la línea de movimientos como el Fluxus, donde la ejecución musical trasciende la técnica para convertirse en una experiencia escénica integral. Su concierto de titulación incluyó la compleja pieza Temazcal del compositor Javier Álvarez, que exige al intérprete sincronizarse con una pista pregrabada mientras ejecuta sonidos rituales con maracas. Una experiencia sensorial, conceptual y profundamente contemporánea.
Pero Karla Veytia no ha recorrido este camino sola. Desde sus inicios ha trabajado en colectivo. En Mazatlán, se integró junto a otras artistas a una agrupación femenina de música versátil que fue ganando notoriedad en la escena local.
Keletias y Flor Amargo
Posteriormente se aventuró a crear música junto a dos compañeras y se logró la formación de “Keletias”. Tocando en bares, eventos sociales y escenarios independientes, el grupo no tardó en llamar la atención. Fue entonces cuando sucedió algo inesperado: Flor Amargo, reconocida por su talento y su estilo libre, las descubrió a través de una sesión musical en un bar solitario.
Flor, conocida por su activismo a favor de la libre expresión artística y la música callejera, las invitó personalmente a presentarse en Ciudad de México, una oportunidad que para Karla y sus compañeras significó un punto de inflexión.
“Fue una experiencia increíble porque no solo nos escuchó, sino que nos validó como artistas independientes. Esa invitación nos dio una visibilidad que no imaginamos”, relata Karla Veytia.
El reconocimiento de Flor Amargo no solo fue un espaldarazo artístico, sino también un símbolo del impacto que puede tener el trabajo colectivo cuando está sustentado por el esfuerzo, la autenticidad y la formación. Porque, aunque muchas historias de músicos se fraguan en la informalidad, es en el cruce con la educación formal donde el talento encuentra un cauce duradero y profesional.
En estos momentos Karla Veytia, “Charlette”, espera la oportunidad de participar en el Foro Internacional de Música Nueva Manuel Enríquez en la CDMX.
El relato de Karla Veytia no solo pone en valor la educación musical, sino que también invita a reflexionar sobre la vida del músico contemporáneo: un ser en constante búsqueda, que cruza lo popular y lo académico, lo intuitivo y lo técnico, lo emocional y lo performático. Su historia apenas comienza, y ya es un testimonio de por qué el arte merece un espacio serio y digno en la educación superior.